Por Jaime Martínez Veloz

I. La fogata que sigue humeando

Treinta años después, uno vuelve a aquel 16 de febrero de 1996 como quien regresa a un claro en la selva donde alguna vez ardió una fogata. El humo ya no está, pero el olor persiste. Y si uno afina el oído, todavía escucha el murmullo de los que hablaron entonces: los que venían del monte con la palabra como única arma, y los que venían del poder con la palabra como único disfraz.

Ese día se firmó el primer acuerdo entre el EZLN y el gobierno federal sobre derechos y cultura indígenas. Era el primer punto de una agenda larga, como los caminos de Chiapas cuando llueve. Faltaban cinco más. Pero ese primer acuerdo tenía algo de amanecer: la sensación de que, por un instante, la República había recordado que nació indígena.

Llegar ahí no fue sencillo. El camino estaba lleno de trampas, de silencios que pesaban más que los discursos, de manos que estrechaban mientras escondían la daga. Pero también estaba lleno de dignidad. Y eso, en tiempos de simulación, ya era un milagro.

II. Lo que realmente significó San Andrés

La Ley para el Diálogo, aprobada por unanimidad en 1995, fue la brújula. Todas las fuerzas políticas, todos los colores, todas las instituciones dijeron “sí”. Y uno, ingenuo pero no tonto, creyó que la palabra empeñada por la República valía algo.

San Andrés no era un acuerdo sectorial. No era un pliego petitorio. No era una negociación corporativa.
San Andrés era —y sigue siendo— la propuesta más seria para reconstruir el Estado mexicano desde abajo, desde sus pueblos, desde su raíz más antigua y más negada.

Era un nuevo pacto constitucional.
Era la posibilidad de que México se mirara al espejo sin mentirse.
Era la oportunidad de que la democracia dejara de ser un adorno y se convirtiera en forma de vida.

III. La traición: cuando el Estado decidió no cumplir su propia palabra

En noviembre de 1996, la COCOPA —esa rara avis donde convivían Heberto, don Luis, Pablo, Narro, Elizondo, Guerra, Roque y tantos otros— se reunió en San Cristóbal para redactar la iniciativa de reformas constitucionales. El hotel Flamboyant fue nuestro cuartel. Afuera, la neblina. Adentro, la esperanza.

El primer tema —Derechos y Cultura Indígenas— se discutió durante meses. Se firmó. Se celebró. Se creyó.

Pero cuando tocó hablar de Democracia y Justicia, el gobierno decidió que ya había hablado demasiado. La delegación oficial guardó un silencio de esos que no son ausencia de sonido, sino presencia de desprecio.

La COCOPA, ante la traición que ya asomaba, decidió elaborar una iniciativa basada estrictamente en lo pactado. Nada más. Nada menos. Don Luis y Heberto llamaron a Marcos y a Chuayffet. Ambos aceptaron. Y nos pusimos a escribir lo que ya estaba escrito en la palabra empeñada.

El EZLN respondió con aceptación. Marcos incluso dijo que la paz podía firmarse en el primer trimestre de 1997. La paz, ahí nomás, detrás de la siguiente curva del camino.

Pero en esa curva estaba Zedillo.

Cuando presentamos la iniciativa, Chuayffet intentó disfrazarse de jurista. Zedillo lo desnudó:
“No estoy de acuerdo y punto.”

Así, sin poesía, sin vergüenza, sin país.

Lo que siguió fue una ofensiva de tinta y saliva: articulistas, empresarios, constitucionalistas de ocasión, todos repitiendo el catecismo presidencial. Nos acusaron de balcanizar al país, de traicionar al PRI, de ignorantes. Nadie —ni uno solo— pudo demostrar que la iniciativa decía algo distinto a lo pactado. Porque no lo decía.

Pero la verdad, cuando incomoda, suele ser la primera víctima.

En 2001, el Congreso aprobó una reforma indígena que no tiene nada que ver con San Andrés. No la aceptó el EZLN. No la aceptó ningún pueblo indígena. No sirvió para la paz. Fue, simplemente, una traición.

IV. La pregunta inevitable: ¿se resolvieron las causas del conflicto?

Treinta años después, la respuesta es clara: no.

No se resolvió la pobreza.
No se resolvió la desigualdad.
No se resolvió la discriminación.
No se resolvió el despojo territorial.
No se reconoció la autonomía.
No se cumplió la palabra.

La COCOPA no se instala porque instalarla sería admitir que el conflicto sigue abierto.
Y sigue abierto porque las causas que lo originaron siguen vivas.

V. La Tormenta Perfecta: lo que ocurrió cuando el Estado abandonó el camino de San Andrés

Cuando el Estado decidió no cumplir San Andrés, no solo traicionó a los pueblos indígenas. Traicionó la posibilidad de construir un Estado democrático, territorialmente presente y socialmente justo. Y en ese vacío se construyó la tormenta perfecta.

  1. Minería sin Estado

Durante tres sexenios se entregaron millones de hectáreas en concesiones mineras sin supervisión real.
El Estado mexicano no tiene bitácoras de producción, no conoce los volúmenes extraídos, no controla los flujos logísticos.
En ese vacío, los grupos criminales encontraron un terreno fértil.

  1. Infraestructura estratégica privatizada y extranjerizada

Aeropuertos y puertos en manos de corporaciones europeas y asiáticas.
Cuando un país pierde control sobre sus fronteras, pierde control sobre su destino.

  1. Huachicol fiscal

La nueva fuente de financiamiento criminal: importaciones simuladas, pedimentos falsos, redes de corrupción en aduanas y gobiernos estatales.

  1. Producción de fentanilo con complicidades institucionales

Un fenómeno imposible sin puertos vulnerables, aduanas capturadas y autoridades locales coludidas.

  1. Fragmentación territorial y captura del Estado

La violencia no es espontánea.
Es el resultado de un modelo que debilitó deliberadamente al Estado y fortaleció a actores privados —legales e ilegales— que hoy disputan el control del territorio.

Todo esto ocurrió porque México no construyó el Estado de derecho que San Andrés proponía.

VI. La puerta que sigue ahí

San Andrés sigue ahí, como una puerta que nadie se atreve a abrir porque detrás está el país que podríamos ser.

No es un documento muerto.
No es un recuerdo romántico.
No es un capítulo cerrado.

Es una ruta constitucional pendiente.
Es una deuda moral del Estado mexicano.
Es una oportunidad para reconstruir la República desde abajo.

Treinta años después, la selva sigue hablando.
Y la República sigue sin escuchar.

Pero la historia no está escrita.
Todavía podemos corregir.
Todavía podemos honrar la palabra.
Todavía podemos construir el país que merecen los pueblos que lo fundaron.

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