Por: Rafael Solís
El operativo militar del 22 de febrero que culminó con la detención y fallecimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, marca un punto de inflexión en la historia reciente del combate al crimen organizado en México. Sin regateo, la operación fue exitosa. Se lamentan profundamente las pérdidas humanas por todo lo que ello encierra, especialmente cuando se trata de personal que cumplía con su deber constitucional. No obstante, concluye así un liderazgo criminal de alcance internacional, cuya actividad —particularmente el tráfico de estupefacientes— generó graves daños sociales, económicos y de seguridad en México, Estados Unidos y otras regiones.
Cumplimiento del deber y precedente histórico
El Estado mexicano cumplió con su deber al neutralizar una amenaza real a la seguridad nacional. No se trata únicamente de la captura de un individuo, sino del desmantelamiento de un centro de decisión estratégico que articulaba redes logísticas, financieras y operativas de carácter trasnacional. La acción recuerda episodios anteriores, como las operaciones contra integrantes del Cártel de Tijuana cuando mantenían vínculos con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en el tráfico de cocaína hacia Estados Unidos, cuyas actividades representaron amenazas no sólo para México, sino también para Colombia y el propio Estado estadounidense.
En ese sentido, lo observado el 22 de febrero fue resultado de una operación de inteligencia coordinada entre México y Estados Unidos, que derivó en un despliegue táctico ejecutado por las fuerzas armadas mexicanas. La inteligencia estratégica —cuando es profesional, discreta y sustentada en análisis técnico— demuestra ser un instrumento determinante para enfrentar organizaciones criminales de alto impacto.
Impacto inmediato y riesgos latentes
Sin embargo, el análisis no puede agotarse en la celebración del éxito operativo. La estructura funcional del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) no depende exclusivamente de una figura. Su diseño responde a un modelo empresarial delictivo con diversificación de mercados (drogas sintéticas, extorsión, minería ilegal, tráfico de armas), células regionales y esquemas de sucesión previamente previstos.
Por ello, el riesgo permanece latente. Vienen reacomodos internos, disputas por liderazgo y posibles fracturas que podrían traducirse en episodios de violencia focalizada, especialmente en entidades federativas donde el CJNG mantiene presencia significativa. Históricamente, la caída de un líder genera escenarios de inestabilidad temporal antes de una eventual recomposición.
Seguridad nacional y gobernabilidad
Desde la óptica de la seguridad nacional, la neutralización de un actor de esta magnitud fortalece la autoridad del Estado y envía un mensaje claro: ninguna organización criminal está por encima de la ley. No obstante, la experiencia comparada demuestra que el descabezamiento de organizaciones no garantiza, por sí mismo, la reducción sostenida de la violencia si no se acompaña de políticas integrales de prevención, fortalecimiento institucional y combate frontal a la corrupción.
La estabilidad dependerá ahora de la capacidad del Estado para anticipar escenarios de fragmentación criminal, reforzar la inteligencia financiera, proteger a la población civil y evitar vacíos de poder en territorios estratégicos. El desafío es evitar que la narrativa del éxito operativo se diluya ante eventuales brotes de violencia derivados de la sucesión interna.
Reconocimiento y memoria
Felicidades a quienes realizaron la inteligencia estratégica y llevaron a cabo el operativo con profesionalismo y valentía. La coordinación binacional demuestra que cuando existe voluntad política y cooperación técnica, es posible asestar golpes relevantes a estructuras criminales complejas.
Al mismo tiempo, mi más sentido pésame por el fallecimiento del personal que perdió la vida en cumplimiento de su deber. El costo humano recuerda que la seguridad no es una abstracción estadística, sino una responsabilidad que implica sacrificio.
Reflexión
El fin de un liderazgo nocivo internacional representa una oportunidad para consolidar un nuevo momento en la estrategia de seguridad. No obstante, el verdadero éxito se medirá en la capacidad del Estado para impedir que la estructura delictiva se regenere bajo nuevos mandos.
La amenaza fue neutralizada en su vértice visible, pero la tarea pendiente es más profunda: desarticular las redes financieras, cortar los flujos logísticos, recuperar territorios y reconstruir el tejido institucional. Sólo así el resultado del 22 de febrero trascenderá el plano operativo y se convertirá en un avance estructural para la seguridad nacional y la gobernabilidad democrática.
Qué complicado.
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