Rafael Solís
Hay decisiones públicas que, por sí mismas, hablan de prioridades. Y hay prioridades que, cuando se examinan con lupa, revelan algo más que una política exterior: exhiben una visión de país.

En las últimas semanas, México ha intentado reactivar el envío de crudo a Cuba en medio de presiones y amenazas de represalias comerciales por parte del gobierno de Estados Unidos; al mismo tiempo, el Ejecutivo mexicano ha reconocido que, ante ese escenario, comenzó a sustituir parte de esos apoyos con “ayuda humanitaria” en especie —por ejemplo, leche en polvo—, para sortear el nuevo cerco al suministro energético hacia la isla. En paralelo, se mantiene un componente estructural de esa relación: el envío/venta de hidrocarburos y la contratación de médicos cubanos bajo esquemas gubernamentales, con el argumento de cubrir vacantes y zonas marginadas.
El debate no es si México puede o no ejercer una política exterior soberana. Claro que puede. El punto es si esa política exterior está alineada con la realidad interna, con sus urgencias, con sus carencias, con sus “cinturones de pobreza” que no son metáfora: son rostros, hambre, rezago y abandono.
Petróleo, ayuda “humanitaria” y el costo de jugar en la frontera de las sanciones
La información pública disponible muestra que Pemex ha suministrado a Cuba crudo y productos petrolíferos bajo contratos comerciales iniciados desde 2023; se han reportado embarques promedio de 17 mil 200 barriles diarios de crudo —más refinados — hasta septiembre de 2025 y un valor de 496 millones de dólares en 2025, según declaraciones de la propia empresa. En paralelo, medios como El País han documentado que México combinó envíos comerciales con componentes de apoyo “humanitario” y que, ante nuevas amenazas de sanciones/tarifas arancelarias, el gobierno mexicano ajustó el tipo de ayuda enviada —del crudo a alimentos e insumos —.
Del lado estadounidense, el contexto se ha endurecido: hay un régimen de sanciones y embargo histórico contra Cuba administrado por la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC), y en febrero de 2026 se reportaron medidas y advertencias para cortar el suministro de combustible a la isla y presionar a terceros países que lo faciliten, incluyendo amenazas de tarifas arancelarias.
Así, México queda en una zona gris: dice defender la “ayuda humanitaria”, pero se mueve sobre un tablero donde Washington castiga el flujo energético hacia Cuba. El resultado previsible es doble: tensión diplomática y costo reputacional —y potencialmente económico— para México.
Médicos cubanos: ¿solución sanitaria o señal política?
El gobierno mexicano ha defendido el convenio con Cuba para incorporar médicos especialistas, bajo el argumento de cubrir plazas no atendidas y reforzar servicios en zonas con déficit. Hay comunicados oficiales del IMSS/IMSS-Bienestar que documentan la llegada y despliegue de personal médico cubano. También hay registros y auditorías públicas que dan cuenta de pagos y erogaciones vinculadas a convenios de cooperación.
Pero incluso, aceptando el diagnóstico —faltan especialistas en regiones específicas—, la pregunta incómoda persiste: ¿por qué el Estado prefiere “importar” una solución y convertirla en bandera política, en lugar de construir una política agresiva y transparente de formación, retención y redistribución del talento médico mexicano?
Porque, si el problema es estructural, la respuesta debería ser en ese mismo sentido: plazas dignas, incentivos reales, seguridad, vivienda, carrera médica, y condiciones laborales que vuelvan atractivo ir a donde hoy nadie quiere ir.
Cuando la contratación externa se vuelve narrativa, la salud deja de ser política pública y pasa a ser símbolo.
Los cinturones de pobreza: la urgencia que no sale en la foto
Mientras México manda leche en polvo o sostiene puentes energéticos con Cuba, Chiapas, Guerrero y Oaxaca siguen apareciendo, de manera consistente, entre las entidades con mayores niveles de pobreza y pobreza extrema según mediciones recientes basadas en la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) y metodología asociada a CONEVAL/INEGI.
Aquí está el corazón del argumento: la solidaridad, para ser legítima, empieza en casa. No se trata de negar apoyo externo por principio; se trata de reconocer que un Estado que presume humanitarismo hacia fuera mientras normaliza la miseria hacia adentro cae en la peor contradicción moral: la de buscar aplausos internacionales sin resolver lo elemental en su territorio.
En Guerrero, Oaxaca y Chiapas —con realidades de rezago histórico— la ayuda “humanitaria” no debería ser una excepción: debería ser política de Estado con presupuesto, trazabilidad y resultados. Cada tonelada que sale, cada contrato que se firma, cada embarque que se anuncia, compite contra una lista larga de necesidades internas que no admiten discursos.
Ideología, alineamientos regionales y el espejo de Washington
A este coctel se suma un factor que, nos guste o no, influye en la lectura que hace Estados Unidos: la percepción de afinidad política con redes regionales de izquierda, entre ellas el Foro de São Paulo, un espacio de articulación de partidos y movimientos que se define como latinoamericano y de orientación progresista/izquierdista. Hay evidencia pública de reuniones y declaraciones del propio foro en años recientes y de su operación como plataforma política.
El problema no es que existan foros políticos: existen en todo el mundo. El problema es cuando las decisiones del Estado —energía, cooperación médica, “ayuda humanitaria”—, parecen calzar más con una solidaridad ideológica selectiva que con una estrategia nacional que maximice bienestar interno y minimice fricciones externas.
México no puede darse el lujo de tensar de manera gratuita la relación con su principal socio comercial, sobre todo si el país sigue dependiendo de cadenas de suministro, exportaciones y estabilidad macro vinculada al entorno norteamericano. Y tampoco puede permitirse que la política exterior se convierta en un atajo simbólico para compensar déficits domésticos.
Candil de la calle…
México tiene todo el derecho de ayudar a otros pueblos. Pero ese derecho se vuelve cuestionable cuando la ayuda se usa como bandera, cuando la cooperación se opaca, cuando el petróleo —recurso estratégico— se convierte en ficha política, y cuando la pobreza interna se trata como paisaje.
Porque al final, el dilema no es Cuba. El dilema es México: o se gobierna con prioridades nacionales y sensibilidad social real, o se gobierna para sostener relatos ideológicos. Y un país que no atiende a sus propios cinturones de pobreza, pero busca legitimidad moral hacia afuera, corre el riesgo de ser exactamente eso: candil de la calle y oscuridad de su casa.
Qué complicado.

