Por: Rafael Solís
En México, la inseguridad no sólo se padece: se aprende. Se aprende a mirar el retrovisor, a medir la hora y la ruta, a dudar del transporte público, a escoger el cajero “menos expuesto” y a “no dar papaya” —porque aquí el riesgo no siempre llega como delito consumado, sino como expectativa.

Por eso la percepción importa: no describe únicamente lo que ocurre, sino lo que la sociedad cree que puede ocurrirle… y actúa en consecuencia.
Con corte a 2025, la fotografía es contundente. Entre marzo y abril de 2025, 75.6% de la población con 18 años y más consideró inseguro vivir en su entidad federativa; 64.7% lo hizo respecto de su municipio o demarcación y 40.5% respecto de su colonia o localidad.
Esa “gradación” es una pista: la gente suele sentirse relativamente más segura en lo inmediato —lo conocido—, y más vulnerable cuando piensa en escalas mayores —lo que conoce a través de terceros—.
Percepción vs. inseguridad ciudadana: cuando la realidad no alcanza a tranquilizar
La percepción se alimenta de experiencia propia, pero también —y cada vez más— de señales indirectas: historias cercanas, rumores vecinales, videos virales, notas rojas, noticias falsas y “alertas” en chats.
En paralelo, la inseguridad se compone de hechos y de funcionamiento institucional: victimización, impunidad, y capacidad real de prevención e investigación.
En esa segunda capa aparece un dato que explica por qué el miedo persiste, aunque se reporten mejoras en algunos indicadores, la impunidad es percibida.
En 2024 se estimaron 33.5 millones de delitos; sólo 9.6% se denunció, y del total, 93.2% no se investigó —cifra oculta—. Además, aun cuando se abrió carpeta en parte de las denuncias, 79.9% no arrojó conclusión y el porcentaje de delitos con una resolución positiva para la víctima fue apenas 0.8% del total ocurrido.
Con ese telón de fondo, pedirle a la ciudadanía que “sienta” mejoras es pedirle que confíe sin evidencia cotidiana. Y la percepción, como la confianza, no se decreta.
Brecha de género: el miedo tiene rostro de mujer
La inseguridad no se distribuye de manera neutra. En 2025, sólo el 32.3% de las mujeres se sintió segura al caminar sin compañía por la noche en los alrededores de su vivienda —vs 49.5% de hombres—. Y en el ámbito urbano (ENSU), en diciembre de 2025 69.4% de mujeres dijo que vivir en su ciudad era inseguro —vs 57.1% de hombres—.
No es un matiz estadístico: es una forma distinta de habitar el espacio público. La “libertad de movimiento” —salir, volver y transitar— se restringe más cuando ser mujer implica riesgos específicos y persistentes.
Espacios de alto riesgo: el mapa emocional del peligro
Los lugares donde más se concentra el temor son, en realidad, aquellos donde se juega la vida diaria: la calle y los espacios públicos. En diciembre de 2025, 72.3% se sintió inseguro en cajeros automáticos en vía pública; 64.9% en calles; 64.9% en transporte público; y 58.9% en carretera.
La brecha de género vuelve a aparecer: 78.3% de mujeres se sintió insegura en cajeros en vía pública —vs 65.5% hombres—; para mujeres el siguiente espacio fue la calle —70.6%—, mientras que para hombres destacó el transporte público —58.4%—.
Cambio de hábitos: la inseguridad como restricción de libertades
Cuando el miedo reorganiza rutinas, ya no hablamos de percepción “subjetiva”:
hablamos de un costo social. En 2024, las actividades que más se dejaron de hacer por temor fueron permitir que menores salieran sin compañía —62.6%— y salir de noche —46.4%—.
Este es el verdadero termómetro: no lo que se dice en conferencias, sino lo que una familia decide al cerrar la puerta, al escoger ruta, al prohibirle a un adolescente “andar solo”.
Medios y redes: la percepción amplificada
Hay un punto donde el delito real y el miedo social se separan: la narrativa pública. El Índice de Paz México 2025 advierte que la cobertura mediática de delitos violentos puede distorsionar la prevalencia y el riesgo real de victimización, y que el consumo de medios se vincula significativamente con el miedo.
Además, subraya un fenómeno clave: cuando el análisis se aleja de las zonas familiares, la evaluación del riesgo se basa más en reportes mediáticos que suelen retratar un panorama generalizado de criminalidad.
A esto se suma la lógica de redes: lo impactante se viraliza, lo cotidiano se invisibiliza. Y, peor aún, las redes también son terreno de disputa simbólica: el mismo Índice de Paz señala que se usan cada vez más para “promocionar el estilo de vida y la marca” de grupos criminales, con potencial influencia sobre jóvenes.
Apartado territorial 2025
Entidades con mayor percepción de inseguridad (ENVIPE 2025, marzo-abril)
Morelos: 90.1%
Tabasco: 89.8%
Guanajuato: 88.5%
Estado de México: 87.8%
Zacatecas: 87.3%
(El promedio nacional de percepción de inseguridad fue de 75.6%).
Ciudades críticas (ENSU, diciembre de 2025)
Uruapan: 88.7%
Culiacán Rosales: 88.1%
Ciudad Obregón: 88.0%
Ecatepec de Morelos: 88.0%
Irapuato: 87.3%
El contraste con la estrategia del gobierno: “bajan homicidios”, pero el miedo se queda
El gobierno federal ha sostenido que la Estrategia Nacional de Seguridad Pública 2024–2030 se articula en cuatro ejes: atención a las causas, consolidación de la Guardia Nacional, fortalecimiento de inteligencia e investigación, y coordinación.
En su narrativa de resultados, se reportó una reducción preliminar de 32.9% en el promedio diario de víctimas de homicidio doloso entre septiembre de 2024 y abril de 2025.
Sin embargo, la percepción no se mueve al mismo ritmo: en diciembre de 2025, 63.8% de la población urbana consideró inseguro vivir en su ciudad. La razón es simple: la ciudadanía no evalúa su seguridad únicamente con homicidios; la evalúa con extorsión, robos, amenazas, control territorial, desapariciones, impunidad y —sobre todo— con la posibilidad real de obtener justicia.
Si la cifra negra es masiva y el cierre de casos es excepcional, el miedo se vuelve racional.
Conclusión
Mientras el Estado no logre traducir “resultados agregados” en seguridad cotidiana verificable —calles, transporte, cajeros, rutas escolares e investigación efectiva—, la percepción seguirá alta. Y con ella, el costo: autocensura, encierro, desconfianza y una ciudadanía que vive con el freno puesto.
Qué complicado.

